Gracia resistible - por Tiago Rosas
“le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse “. (Ap 2:21)
En la carta dirigida a la iglesia de Tiatira, el Señor Jesús dice que le dio tiempo a una tal "Jezabel", una mujer que decía ser una profetisa y que sedujo a los hombres de esa iglesia al engaño y la inmoralidad sexual, para que se arrepintiera de sus errores. Sin embargo, el mismo Señor, que conoce los corazones, testificó que aquella mujer "no se arrepintió".
El argumento a favor del carácter resistible de la gracia divina en este texto es simple:
1. Si Jesús concedió tiempo para que la mujer se arrepintiese, pero no le concedió la gracia para el arrepentimiento, entonces estamos ante una representación de falsa longanimidad y apelación falsa para el arrepentimiento, o entonces estamos, en la mejor de las hipótesis, delante de un texto pelagiano, ya que Cristo esperaría que la mujer se arrepintiese de libre iniciativa sin una operación de gracia capacitadora en su interior. ¡Rechazamos ambas tesis! A quien Cristo convida al arrepentimiento, él da la gracia del arrepentimiento. De lo contrario, su apelación es falsa y su llamado es una mera pieza de retórica, desprovista de sinceridad.
2. Si Jesús concedió tiempo para que la mujer se arrepintiese y realmente quiso de hecho que se arrepintiese, entonces es claro y evidente que a esa mujer se le dio gracia restauradora; sin embargo, si la mujer no quiso arrepentirse, por obstinación repetida, a pesar de la gracia que había operado en ella, entonces, sin lugar a dudas, esta gracia que es capacitadora, salvadora y santificadora también es resistible y rechazable. De lo contrario, considerando la voluntad de Cristo de que Jezabel se arrepintiese, y admitiéndose el carácter irresistible de la gracia divina, esta gracia habría operado de manera eficaz, irresistible e irrechazable y Jezabel se habría arrepentido.
El Señor, como dicen los calvinistas, habría cambiado monergísticamente y soberanamente la disposición del corazón de la mujer, para que ella tomara una sola decisión inexorable: arrepentirse. Pero está claro que esto no es lo que sucedió. Cristo quiso, dio tiempo y gracia para el arrepentimiento, pero la mujer la rechazó. Y no hay ningún indicio en el texto de que la disposición de su corazón finalmente haya cambiado. De hecho, la amenaza de juicio por enfermedad y muerte que sigue (vv. 22,23) sugiere la posibilidad de una obstinación irrecuperable.
Tiago Rosas.